La Unión Europea y EEUU
Las cosas no marchan bien para la administración Bush. El sueño republicano de repetir la gloria de Reagan se diluye mientras se reaviva el fantasma de la frustración con Nixon. Las recetas de la ortodoxia económica conservadora ensayadas para sacar al país de la crisis vienen fracasando una tras otra. En el edén de los grandes, Ricardo, Marx y Keynes sonríen ante la tozudez de los profetas de la economía excluyente.
La inversión no responde. De nada han servido las sucesivas reducciones de la tasa de interés, que han alcanzado mínimos históricos de la mano del Sr. Greenspan, el veterano director de la Reserva Federal. Tampoco han producido el efecto esperado las rebajas impositivas a los ricos ni los estímulos para aumentar las ganancias de las grandes corporaciones. Ni siquiera las demostraciones de fuerza y empeño de liderazgo mundial del Presidente Bush logran despertar la confianza de los dueños del capital.
Nada más triste para un conservador norteamericano que asistir a la devaluación del dólar, el mayor símbolo nacional, para frenar el deterioro de la economía a través de la mejora de la balanza comercial. Los apologistas de la fortaleza americana, que se mofaban de la debilidad y rigideces de la economía europea, en particular de su sistema de seguridad social y de distribución de ingresos, poniendo como ejemplo el deterioro del euro frente a la moneda imperial, tuvieron que llamarse a silencio. En los últimos meses el dólar se ha devaluado en más de un 20%.
La guerra con Irak, es decir, el apoderamiento por la fuerza de las ricas reservas petroleras de ese país, se vislumbra como la única solución. Sin embargo, también en este terreno se presentan dificultades, tanto domésticas como externas.
El pueblo norteamericano comienza a observar con desconfianza los argumentos oficiales. Los oscuros enredos de sus funcionarios en los negocios de las corporaciones, las bravatas del presidente norcoreano, los pobres resultados de la guerra en Afganistán, las conclusiones de la misión de inspectores de Naciones Unidas y el creciente aislamiento internacional, le están haciendo descreer acerca de la verdadera naturaleza de la "cruzada contra el mal" y la existencia de armas de exterminio masivo en Irak. Washington conoció días atrás una masiva manifestación de protesta que recuerda las movilizaciones anti Vietnam de hace tres décadas.
Por otro lado, las dos naciones líderes de la Unión Europea, Alemania y Francia, se oponen a participar y avalar una expedición militar contra Irak. Esta resistencia trató de ser descalificada por el gobierno de EEUU que expresó por boca de su subsecretario de Estado, el Sr. Rumsfeld, que esas naciones expresaban la "vieja Europa". Con posterioridad, los jefes de gobierno de cinco miembros de la actual UE (Inglaterra, Italia, España, Portugal y Dinamarca) sumados a tres candidatos de próxima incorporación (Hungría, Polonia y Rep. Checa) hicieron conocer una carta pública de apoyo a la posición de EEUU.
¡Que error! Si hay algo que es expresión de la nueva Europa es la superación de la vieja rivalidad franco alemana y la coincidencia de ambas naciones en la construcción de un espacio regional basado sobre dos ejes, que son los fundamentos del llamado estado de bienestar: democracia política y desarrollo para todos. Hasta la segunda guerra mundial resultaba raro encontrar asociados estos dos valores en la Europa continental, como es fácil de comprobar al recorrer la crónica de Alemania, Italia, España y Portugal, entre otros.
Estados Unidos colaboró activamente en la construcción de la Unión Europea, interesado en poner un dique a la expansión del comunismo, pero fue la dirigencia europea y, principalmente, alemana y francesa, quien supo aprovechar positivamente esa asistencia para diseñar y construir con inteligencia un exitoso espacio multinacional de integración y cooperación política, económica y social en la región históricamente más convulsionada del planeta. Esto resulta un hecho tan obvio como necia la afirmación que pretenda negarlo.
Desaparecida la Unión Soviética el mundo asiste a un nuevo realineamiento internacional. En ese tablero la Unión Europea debate con la conducción de Alemania y Francia y la resistencia de Inglaterra, incondicional aliada de EEUU ya sea con gobiernos conservadores o laboristas, la adopción de una política internacional autónoma. Es en este terreno donde mejor se expresa el carácter de esas naciones, consecuentes en la construcción de políticas de estado que intentan ir mas allá de diferencias fundadas en intereses sectoriales.
Esto es lo que aún no ocurre con las dirigencias de España e Italia, mas teñidas por el oportunismo y el aprovechamiento en beneficio propio de las circunstancias particulares. A pesar de su espectacular crecimiento siguen pensando en pequeño, al igual que adolescentes que aún no alcanzaron su madurez.
Si bien EEUU y la UE no son los únicos jugadores del nuevo escenario mundial, que incluye otros protagonistas de la envergadura de China, Japón y Rusia, son los que más inciden sobre América latina. De allí su importancia para nuestro futuro.
No es necesario repasar el historial de la influencia norteamericana en la región para llegar a la conclusión que no fueron, justamente, integración, democracia y desarrollo los valores exportados a nuestros países. Tampoco Europa se preocupó demasiado por promover su modelo durante los años de la guerra fría, por temor a perturbar la hegemonía imperial en la región. A su vez, cuando lo intentó, obtuvo magros resultados. Basta recordar las frustradas experiencias de los socialdemócratas Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Alan Garcia en Perú y Raúl Alfonsin en Argentina, para comprobarlo.
Esto parece querer cambiar. Europa luce mas decidida y en América Latina ha surgido un nuevo liderazgo, construido desde las bases populares y no desde la retórica demagógica. Esa conjunción de intereses puede llegar a facilitar la construcción de una alternativa que contemple democracia y desarrollo, en un marco de autonomía e integración. La llegada de Lula al gobierno de Brasil puede constituir un punto de inflexión respecto del pasado.
Y Argentina… Por el momento mejor no hablar. La carencia de propuestas estratégicas y el oportunismo han teñido nuestra política internacional de las últimas décadas. Paradójicamente, fue Argentina, a pesar de su incondicionalidad con EEUU, quien más contribuyó a descalabrar las estructuras políticas y económicas del sistema imperial en la región. Malvinas terminó con el TIAR y la OEA y el quebranto económico con la credibilidad técnica del FMI. De allí que, para todos, esta clase dirigente resulte poco digna de confiar.
Por Alberto Pontoni.Enero 2003
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