Una Industria Inteligente

La industrialización como política de estado se remonta al siglo XIX y puede rastrearse en las medidas proteccionistas dispuestas por aquellos paises que establecieron restricciones al ingreso de manufacturas inglesas con el propósito de estimular un desarrollo propio, como fue el caso de Alemania y Estados Unidos. Desde aquel entonces todas las naciones con aspiración de autonomía se han preocupado por atender y asistir a sus industrias.

En ese contexto se han conocido muchas y variadas experiencias de industrialización, desde los intensivos programas puestos en marcha por la ex Unión Soviética hasta las recientes estrategias de los países asiáticos siguiendo la lección de Japón, pasando por la sustitución de importaciones característica del modelo argentino de posguerra.

Todas esas experiencias tienen un común denominador: la presencia activa del Estado, indispensable para conjugar esfuerzos y canalizar recursos en sociedades con estructuras económicas débiles. Sin embargo, la mera intervención publica no es garantía de éxito, como lo prueban numerosas prácticas fracasadas. Sólo una intervención adecuada o inteligente puede asegurar resultados positivos.

Dos experiencias, diversas pero exitosas, la de los tigres asiáticos y la italiana, ilustran sobre alternativas inteligentes de intervención.

En la estrategia seguida por los paises del sudeste asiático hubo una fuerte articulación entre el sector privado y el público. La empresa privada fue el agente económico protagonista del quehacer productivo pero el Estado tuvo una intervención decisiva, tanto en la definición de los sectores que motorizaron el despegue como en la creación de las condiciones macro y microeconómicas necesarias para dotarlos de ventajas competitivas.

Facilidades crediticias, transferencia tecnológica, aliento de iniciativas interempresarias, controles de calidad, apoyo a la presencia internacional y promoción de la marca-país, fueron los ejes de la inversión de recursos realizada por el sector público para desarrollar la competitividad de sus industrias. Además, en casi todos los casos, previamente se analizaron y priorizaron las posibilidades de los diferentes sectores y empresas. De allí el rotulo de "elegir a los ganadores" que caracteriza esta estrategia.

En el caso italiano también se da una fuerte intervención estatal en apoyo del sector privado, pero, a diferencia del modelo asiático, esta se canaliza a través de agrupamientos territoriales que caracterizan el desarrollo industrial de ese país (distritos industriales o clusters). De esta forma, Italia supo sacar excelente provecho de la localización espacial de su producción, fruto de siglos de despliegue artesanal. Un ejemplo de adaptación espacial inteligente lo representa Biela, un distrito industrial del norte de Italia, eje de una región dedicada en el pasado a la cría ovina y producción lanera. Al desaparecer la oveja del lugar supo transformarse en un destacado polo industrial lanero del mundo, aprovechando la rica experiencia artesanal acumulada durante siglos. Hoy produce desde hilados y telas (con insumos importados) hasta maquinaria textil.

De allí también, la importante labor desarrollada por las entidades de carácter regional en la consolidación de esa densa red de agrupamientos industriales y los logros obtenidos en la articulación de pequeñas y grandes empresas, así como en la conformación de exitosos consorcios de exportación.

El desafío argentino

En Argentina es mucho lo que hay por hacer. Comenzando por reinstalar en la sociedad el carácter indispensable de la industria como motor de desarrollo y revalorizar el papel del autentico empresario como organizador económico y agente de cambio.

Tres décadas de prédica y políticas antiindustriales han llevado a la situación actual. Paradójicamente, con la complicidad de grandes grupos industriales que avalaron esas acciones atraídos por las proclamas de disciplinamiento social de la dictadura militar o por los nuevos negocios en privatizaciones e importaciones. Las políticas de apertura no promovieron la competitividad, como algunos engañosamente sostienen o confusamente creen, más bien contribuyeron al desaliento de los sectores productivos y la consolidación de un empresariado prebendario, paradigma de la "patria contratista". La asimilación genérica del industrial local con el empresario prebendario, socio del funcionario corrupto, cuyos negocios son contratos públicos, créditos oficiales o importaciones subfacturadas, implica ignorancia o mala fe.

Sin empresario industrial no hay industria. De allí la necesidad de apoyar a los sobrevivientes del genocidio industrial practicado en el país y fomentar el surgimiento de nuevos emprendedores. Esta debe ser la primera de las políticas.

Lamentablemente, las entidades empresarias de mayor peso, como la UIA, ofician como meros centros de lobby de grupos económicos, son poco representativas del conjunto y no contribuyen a la construcción de un proyecto común. Ejemplo de ello son los mezquinos reclamos elevados al gobierno últimamente, limitados a la preocupación por un eventual aumento salarial o una caída en la cotización del dólar. Por otro lado, el país sigue esperando la autocrítica de esas entidades respecto del rol jugado en el pasado.

En segundo lugar, habida cuenta del estado de descalabro productivo en que se encuentra el país, corresponde al Estado establecer prioridades sectoriales en función de las consideraciones políticas, sociales y económicas más convenientes al desarrollo nacional.

A partir de allí se deberá trabajar sobre los encadenamientos productivos de los sectores priorizados, detectando debilidades y reforzando la competitividad del conjunto y de sus eslabones. Para ello se requiere un ordenamiento de los instrumentos de apoyo ya existentes así como la creación de otros nuevos.

En este aspecto hay mucho que aprender de la experiencia asiática y, en particular, respecto de los instrumentos a utilizar. El sector público puede contribuir en forma determinante al logro de una mayor competitividad industrial a través de acciones que permitan la reducción de los costos de transacción, el desarrollo de capacidad tecnológica, la promoción de calidad y la identificación de oportunidades de mercado, entre otras. Asimismo, se deberán considerar mecanismos que estimulen la complementariedad regional, es decir, la labor conjunta con otras empresas del Mercosur.

Finalmente, es necesario destacar que esta estrategia no se contrapone a las políticas de planificación espacial. Por el contrario, uno de los parámetros fundamentales a tener en cuenta es la orientación de los instrumentos con miras a constituir concentraciones económicas territoriales en el marco de un despliegue equilibrado sobre la geografía nacional. Es en este punto donde, justamente, se puede sacar mayor provecho de la rica experiencia europea de promoción económica regional.

Por Alberto Pontoni.Julio 2003

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