Estado e Inversiones

A estas alturas resulta imprescindible ponerse de acuerdo respecto de qué esperamos, como sociedad civilizada y democrática, del futuro de nuestra economía.

Si nos proponemos hacer un repaso ideológico de nuestra clase dirigente, y dejando de lado cualquier suspicacia política, no caben dudas de que encontraremos aproximadamente las siguientes posturas.

1. Un enfoque estatista: aquel que postula que la economía solamente puede funcionar con control y dependencia estatal.

2. Un enfoque privatista: aquel que supone que la actividad económica debe desarrollarse en un marco de libertad y competencia, pero con regulación estatal.

3. Un enfoque cuasinacionalista: aquél que supone que los inversores extranjeros buscan ganancias rápidas y abundantes y por ello no son bienvenidos.

4. Un enfoque antilobbista: que postula que aún en el ámbito nacional los empresarios hacen lobby y buscan ganancias como sea.

La visión generalizada es que las empresas nunca harán las cosas bien, siempre intentarán ganar dinero de cualquier forma, actuarán con angurria y falta de solidaridad, etc. Y por lo tanto se tiende a confiar en la intervención del Estado, es decir de la clase política, para evitar estos males inmanentes, al tiempo que todos están de acuerdo en que son necesarias inversiones privadas de envergadura.

Bajo nuestro punto de vista estos esquemas ideológicos tienden a desalentar las inversiones de por sí. La intervención del Estado es siempre observada con recelo por los inversores, sobre todo cuando se produce en medio de discursos agresivos y descalificadores, y encima con el agregado de la arbitrariedad que dan los llamados superpoderes. Y de por sí el Estado empresario ha fracasado estrepitosamente en los últimos 60 años por lo menos.

Lo cierto es que si las inversiones son necesarias y en ello concordamos prácticamente todos, debemos fijar un camino que las atraiga. El que fuera, pero un camino.

Desde el gobierno central se pretende paliar las consecuencias de esta visión a nuestro juicio sesgada de la función del capital mediante una variada y cambiante gama de promociones de todo tipo. Quitas de impuestos, créditos blandos, consejos de inversiones, diferimientos impositivos, etc. que en definitiva pagará toda la sociedad. Por zonas, por productos, por calidades, por crecimientos, o por lo que sea, el Poder Ejecutivo se desvive tratando de que los inversores lleguen a estas playas para quedarse.

El camino no nos parece el correcto, desgraciadamente. Es preciso que definamos el rol del capital, el del Estado y el de la inversión en general. Es imprescindible establecer un marco referencial permanente, dentro de la seguridad jurídica y sin arbitrariedades ni agresiones que a lo único que conducen es al desastre. Y a partir de allí aceptar que las ganancias o pérdidas son consecuencia de la capacidad de gestión, de la visión del negocio y del riesgo, y no de factores oscuros que desaparecen si se logra establecer un Estado de Derecho serio y permanente.

Buenos Aires, 23 de setiembre de 2005

© Contador Héctor Blas Trillo

   

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