Precios Relativos y Exportación

Para combatir la inflación el ministro de economía recurre a más regulaciones e intervenciones en un proceso sin solución de continuidad que crea cada vez más, y cada vez más seguido, la necesidad de seguir regulando e interviniendo.

Si bien no tan sorpresivamente como comentan los medios en estas horas el ministro Lavagna ha anunciado una serie de medidas cuyo objetivo principal parece ser el de combatir el auge inflacionario.

Sin duda que la medida más importante anunciada ha sido la de suspender los reintegros a la exportación de alimentos, dado que éstos forman parte de la denominada canasta básica y se pretende desalentar el comercio exterior para aumentar la oferta en el mercado interno provocando de ese modo una tendencia a la baja de los precios.

Los productos son alrededor de 200, destacándose entre ellos la leche, la harina, la carne, el pescado, los aceites, los huevos, las pastas y el arroz. La exportación de estos bienes daba lugar a un reintegro impositivo del orden del 5%, ello con independencia de las retenciones a las exportaciones, que tienen porcentajes variables según el tipo de producto de que se trate.

Estos reintegros de la exportación se enmarcan en los volúmenes permitidos por la Organización Mundial de Comercio y no implican un subsidio, tal como sí ocurre con el fuerte proteccionismo de la Unión Europea o de los EEUU a la explotación agrícola. Simplemente se considera que no es razonable exportar impuestos y se asume que un porcentaje del producto a vender son tributos, más allá de la conocida exención de IVA a las exportaciones.

El Dr. Lavagna avanzó sobre el tema de los precios para afirmar que "la idea es ir monitoreando los precios y si es necesario lanzar medidas complementarias, como hacen las economías de los países desarrollados". Es obvio que la aclaración final entra en el terreno de quien prefiere atajarse, pero no quita que alguien pueda reflexionar acerca del consabido "mal de muchos".

La verdad es que las economías desarrolladas no toman este tipo de medidas para combatir la inflación, al menos que sepamos. Es probable que en algunos casos pretendan evitar los efectos de los cambios en los precios relativos, lo cual puede resultar muy loable pero ocasionar problemas muy serios, como ha ocurrido por ejemplo en los años 70 cuando la primera crisis del petróleo generó una impresionante inflación norteamericana ya que el gobierno de James Carter recurría a la emisión para paliar los efectos de la carestía del barril de petróleo.

Este ejemplo que traemos a cuento puede aparecer descolgado pero en verdad juega en la misma dirección: un Estado pretende cambiar la realidad de los hechos respecto de los precios relativos de los bienes que tienen un valor precisamente en función de la necesidad que se tiene de ellos y su escasez. El Estado argentino ha resuelto desde el comienzo de la gestión del Dr. Lavagna, intervenir aplicando retenciones, impuestos, controles, acuerdos, boicots, acusaciones, promociones, desgravaciones y toda una gama de mecanismos tendientes a torcer la realidad hacia un punto diferente y equidistante con la necesidad humana. Sin éxito, por lo visto, ya que hay que continuar en el mismo sendero.

El Dr. Lavagna mencionó, también, la política de los cambios en la tasa de interés de la Reserva Federal para producir o no efectos determinados sobre la economía mundial. El ejemplo no es menor, y un análisis exhaustivo de las consecuencias de la intervención federal norteamericana excede largamente el objetivo de este trabajo, aunque no podemos dejar de señalar que cuando el gobierno de un país quiere que la realidad vaya en una dirección mientras ésta pretende ir en otra, más temprano que tarde las consecuencias son que la realidad se impone. El riesgo de bajar una tasa artificialmente es que provoca la huída de los ahorros hacia la inversión de capital o hacia otras monedas, del mismo modo que una suba artificial de tales tasas frena las inversiones y provoca una demanda de la moneda local de que se trate, encareciéndola respecto de las otras y por lo tanto dificultando las exportaciones. Que alguien disponga que las cosas deben ser así, o que deben ser lo contrario, no parece un ejercicio de la libertad que merezca ser tomado como ejemplo. Pero es una opinión.

Lo más curioso es esa necesidad que parece tener el ministro de justificar su intervención, cuando es evidente que el problema inflacionario, que implica la suba generalizada de precios, tiene un origen muy diferente y no responde a cambios de precios relativos.

Estas reflexiones vienen a cuento porque el desaliento de la exportacion de los productos que citamos provoca entre otras cosas una mayor oferta local y una baja de los precios, lo cual no parece ser un incentivo para la inversión adicional que por otra parte se requiere para continuar creciendo. Así como Francia en un momento decidió achicar la jornada laboral para repartir menos trabajo entre más, con las consecuencias que están a la vista luego de esa especie de "certificado de no crecimiento", asi la Argentina parece marchar al encierro en sus fronteras, o lo que en otros tiempos se denominaba "vivir con lo nuestro". Lejos de la tecnología, que es cara y en dólares euros, y cerca de los pollos de Mazzorin, recurso más que posible si de monitorear precios para tomar medidas se trata. A todo esto desalentar las exportaciones aplicando retenciones o eliminando reintegros es obvio que no conduce al crecimiento.

Otro punto a considerar es que los precios en esta economía de dólar alto suben todos y no solamente los de la canasta alimentaria. Precisamente por eso es que no deja de llamar la atención que los bienes industriales no hayan debido soportar hoy por hoy ninguna medida surgida del monitoreo de marras.

La pregunta que corresponde hacerse, aparte del obvio por qué, es si se espera frenar la inflación tomando estas medidas intervencionistas y además, si se conseguirán los resultados esperados aplicándolas a un sector donde los precios suben y no a otros donde suben también.

También apuntó el ministro a las prácticas monopólicas u oligopólicas, y aquí también recurrirá, si le parece, a la aplicación de retenciones, reintegros u "obstáculos técnicos que existan al comercio". Al menos la ley de defensa de la competencia dice otra cosa al respecto, por lo que sería bueno determinar cuál será su vigencia de aquí en más.

Mencionaremos también que el ministro recomendó al Banco Central que aumentara los encajes bancarios, con el objeto obvio de reducir la liquidez "enfriando" de ese modo la economía. Tales encajes se liberarían a posteriori si se destinan a financiar proyectos de largo plazo. Es decir, si hay demanda de fondos para invertir en algún régimen de promoción, suponemos. Promoción que se da de bruces con las medidas que surgen a diario del "monitoreo" que venimos comentando. Acá, más allá del intervencionismo que siempre puede ser discutible, está avanzándose sobre la autonomía del Banco Central, ya que la política de encajes no es función del ministerio de Economía. Es verdad que el Dr. Lavagna guardó las formas al hablar de recomendación, pero no sabemos si el Dr. Redrado estaba al tanto y dispuesto a aceptar el consejo público emitido.

Las restricciones al circulante provocan una tendencia a la suba de tasas de interés que hasta el momento el Estado ha tratado de frenar haciendo colocaciones de Lebacs o de Boden dentro del mismo Estado. Ya sea a través del Banco Nación, de la Provincia de Santa Cruz o de los distintos fondos fiduciarios existentes. Del mismo modo evitó continuar emitiendo títulos indexados por el CER, para tratar de frenar la llegada de capitales golondrina interesados en grandes diferencias en dólares que por supuesto estarán a cargo del erario.

Bien, por lo tanto el panorama resumidamente sería: una baja en el volumen de exportaciones, una suba en las tasas de interés, una baja o en todo caso una menor alza del precio de los alimentos con la consiguiente merma de su producción, y un aumento constante de los productos industriales a menos que en algún momento el gobierno "monitoree" y resuelva que hay que bajar el precio de las heladeras, por ejemplo. Pero la inflación seguirá su curso, desde ya, porque ninguna de estas medidas ataca su causa funamental: la emisión de moneda para comprar más caro lo que cuesta menos: el dólar.

Estas políticas voluntaristas que pretenden cambiar una realidad por otra comprometen cada vez más el futuro de la economía, provocan endeudamiento público, presiones inflacionarias, inseguridades jurídicas y desaliento de la inversión. Entendemos que este camino es equivocado y que el gobierno en algún punto lo sabe, y por eso lanza cotidianamente nuevos planes promocionales y de desgravación de impuestos con el objeto de atraer las inversiones que no vienen, y que no vienen precisamente por el volutarismo intervencionista que no deja de sorprender día a día.

Un amigo nos dio días pasados un ejemplo que nos pareció excelente para definir la hora que estamos viviendo, y lo esbozamos a continuación para que se piense al respecto, dejando como siempre bien en claro que, más allá de las opiniones, es preciso fijar un rumbo y sostenerlo a rajatabla, asumiendo que los cambios relativos pueden ser excelentes (como la suba internacional de la soja), o negativos, y que no resulta criterioso a nuestro modo de ver pretender evitar las consecuencias de la realidad mediante artilugios monetarios o cambiarios. Va el comentario de nuestro amigo: "es como si hubieras montado una fábrica de baldosas de 20 cm2, y el gobierno te sacara una disposición exigiendo que de ahora en más las baldosas deban ser de 25 cm2".

Buenos Aires, 11 de noviembre de 2005

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