Inversión del Estado en Empresas

A la compra de un porcentaje de Aerolíneas Argentinas, se suma ahora el ingreso del Estado en Aeropuertos Argentina 2000

A estas alturas consideramos que está bien clara la línea de la política económica que sigue el gobierno del Dr. Néstor Kirchner: Intervencionismo, controles de precios, dólar caro artificialmente, emisión de moneda para comprar dólares y de deuda para retirar la emisión excedente de circulación.

Las políticas activas han venido a reemplazar la fría ley del mercado de manera contundente y definitiva. La panacea ha cambiado de bando. Ahora es el Estado y sus funcionarios los que resolverán los problemas que presenta la economía moderna, antes era el mercado salvaje o el neoliberalismo según la fraseología en boga en los despachos oficiales.

Y como dato tal vez complementario de esta realidad intervencionista, el Estado ha comenzado a crear empresas (Lafsa, Enarsa) a quedarse con ellas (Correo Argentino, AySA), agregando también el ingreso en el capital de otras (Aerolíneas, Aeropuertos Argentina 2000). La idea es que el Estado, ahora sí, resolverá los problemas que el odiado mercado no resolvió en la década del 90.

Los errores conceptuales de este enfoque no son pocos, y los hemos señalado muchas veces. Pero, además de ellos, tenemos la evidencia de lo que ha ocurrido con las empresas del Estado en otras épocas, e incluso está a la vista lo que está ocurriendo ahora.

Lafsa jamás voló un avión y todavía incurre en gastos. Enarsa no ha explorado un solo pozo, pero es petrolera, AySA por lo que sabemos ha dejado de subcontratar los servicios de mantenimiento por lo que se acumulan los pedidos de los usuarios, Aerolíneas ha sufrido toda clase de embates de parte de sindicalistas y en todo momento se negó desde esferas gubernamentales que el objetivo de tales embates fuera la vuelta al Estado de la empresa, aunque eso es lo que parece estar ocurriendo.

Con estos antecedentes el resultado está prácticamente cantado: el Estado se hará cargo progresivamente de empresas con tarifas subsidiadas, baja o nula rentabilidad que se convertirán rápidamente en pérdidas pavorosas, baja o nula calidad de los servicios y caída progresiva del nivel de vida. Esta realidad nada tiene que ver con hacer salir de la pobreza a la población sumergida. En absoluto.

Una cosa es que todo el mundo tenga acceso a la educación, a la salud y a un nivel de vida decoroso, y otra muy distinta es que el Estado se convierta una vez más en el eje de la corrupción de empresas públicas llenas de “capas geológicas” de origen político y “sindical”, recurrentemente forjadoras del cohecho y frecuentadas (para colmo) por los peores referentes de la vida pública, como de sobra ha ocurrido y no creemos que nadie pueda disentir en esto.

Analizar en su origen estas empresas no es otra cosa que volver a empezar. Si tenemos en cuenta que en Cutral Co YPF llegó a tener casi 6.000 empleados, para finalmente sobrevivir con 500, la pregunta a realizar es a quién se debe semejante diferencia. O alguien subestimó las necesidades de personal de la empresa, o alguien tomó 10 veces más del personal necesario. Culpar a un ministro o a un grupo de políticos de la desocupación no es lo que corresponde. Lo que corresponde es analizar en un todo quiénes son los responsables de haber sobre o subdimensionado las necesidades de personal.

Por eso, cuando los despidos masivos significaron la cuasidesaparición de la ciudad mencionada, mientras los medios en general se unían al coro de quienes vilipendiaban a los que despidieron a la gente, alguno que otro pretendía tratar de explicar por qué se había armado semejante monstruo. Nos consta que en la YPF de Esmeralda y Diagonal Norte 6 ascensoristas por turno manejaban 6 ascensores automáticos, y un séptimo hacía las veces de “coordinador” para decirle al visitante “este coche sube”. Si es a esto a lo que estamos retornando el final es conocido. Esperamos sinceramente equivocarnos.
Porque para que un país funcione como tal no es necesario, a nuestro juicio, ser dueños de las empresas, sino que éstas sean eficientes y paguen sus impuestos.

La inserción del Estado en las empresas, a través de la capitalización o los subsidios, implica el sometimiento de éstas a decisiones políticas. Las decisiones políticas no tienen que ver necesariamente con el bienestar de la gente. Esto no es siquiera una opinión, es una realidad.

A todo esto el Dr. Kirchner viaja a España con la idea de conseguir o afianzar inversiones, las cuales si se realizan lo serán en el marco de una acción estatal encaminada a la intervención constante, signada a su vez por los cambios de viento o de estados de animo de un funcionario a la sazón presidente, lo cual equivale a decir que ninguna inversión genuina ingresará a menos que se asegure una rentabilidad tal que compense sobradamente el riesgo. En el fondo esto mismo ocurrió cuando se gestaron las concesiones de servicios aún vigentes (las llamadas “privatizaciones”). El Estado no resignó la propiedad, por más que aún hoy se siga repitiendo lo contrario. Otorgó la concesión, que luego ha retirado en algunos casos, como se ha señalado, mientras en otros presiona para que en definitiva termine ocurriendo lo mismo, por ejemplo mediante el congelamiento de tarifas en una moneda decadente y subvaluada.

A todo esto el país continúa con una réplica de crecimiento interesante. Las commodities continuarán con sus precios sostenidos o en alza. Hay escasez de trigo y la carne vacuna está más demandada por efecto de la gripe aviar y la aftosa en Brasil. Del petróleo poco más puede decirse que no se haya dicho. De la soja lo mismo. Tenemos ventajas comparativas que de paso dan por tierra con los viejos dogmas tipo “el deterioro de los términos del intercambio” del recordado Prebisch.

El Estado empresario que retorna, sumerge mientras tanto a jubilados y asalariados en ingresos de unos pocos dólares, mientras se repite a los cuatro vientos que se busca mejorar los índices y salir de la pobreza.

De la necesidad de reformular el Estado para hacer al país más eficiente ni se habla. La reforma tributaria acaba de descartarse. La coparticipación de impuestos sigue su curso de clientelismo. Los derechos de exportación continúan su vigencia y aún se afianzan.

Europa está enfrascada en sostener un Estado de bienestar insostenible. Asia crece despiadadamente. EEUU se debate ante el problema del terrorismo pero sigue siendo, sin ninguna duda, el país de más posibilidades de Occidente. Y la Argentina en nuestra opinión intenta crecer y seguir haciéndolo con intervenciones en exportaciones, en el tipo de cambio, en la presión tributaria como sanción por subas de precios, en los controles de costos y de precios, en la suba artificial del tipo de cambio, etc.

Pongamos una palabra de aliento a todo esto: el Centro de Estudios para la Producción, dependiente de la Secretaría de Industria, Comercio y Pymes, ha anunciado que se relevaron proyectos de inversión por U$D 7.400 millones en un trimestre. El 37% de ellos están destinados a la comunicación y a la construcción. Un poco menos a la energía eléctrica y el transporte (en los primeros se incluye, entendemos, los dos proyectos de centrales termoeléctricas regenteados por el mismo Estado con el fondo creado por las deudas a las mayoristas transportadoras de electricidad) También hay inversiones en ramas como la alimenticia y los derivados del petróleo y del gas (sector con incentivos otorgados últimamente para nuevas inversiones)

Lo que podemos ver es que se invierte en sectores en los cuales el Estado aporta una cuota importante, o en aquellos en los que es factible exportar aún soportando retenciones (las commodities), o en aquellos en los que los controles de precios no existen, como la construcción, las comunicaciones que no impliquen telefonía fija y los automotores.

Mientras el superávit fiscal se sostenga, todo emprendimiento estatal podrá medianamente sostenerse con más y más gasto público, que por otra parte está creciendo a un ritmo de unos 7 puntos por sobre la inflación medida en términos de índice de precios al consumidor.

Buenos Aires, 18 de junio de 2006

© HÉCTOR BLAS TRILLO

   

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